martes, 7 de agosto de 2018

Cuentos (y mañas) que heredé


Apenas hace unos días abrí una vieja caja que tenía guardada en la bodeguita. Llevaba allí varios años empolvándose. Dentro, una colección de libros, libros de cuentos para niños:  los míos -un montón- y unos cuantos más que heredé y que pertenecieron a mi mamá cuando era niña allá en los años 30 (¡casi un siglo!), cuentitos de hadas que compraba con su domingo, con apenas unas cuantas ilustraciones que se podían colorear, cosa que casi nunca hizo; supongo que le divertía más leer que iluminar. Yo por mi parte, tampoco coloreé jamás esas láminas, quizá por la misma razón.

Esos y otros libros constituyeron mi primera biblioteca. Bastante modesta comparada con la biblioteca que había en casa, y es que tanto mi papá como mi mamá eran incansables lectores y amantes de los libros.

Así que crecí siempre rodeada de libros.

Pero vivir rodeado de libros no es motivo suficiente para que te gusten los libros y para que te guste leer -que son dos cosas emparentadas, pero no exactamente iguales-, porque ahí tienes a mi hermano al que nunca le ha gustado leer. 
Entonces ¿por qué me gustan los libros y por qué me gusta leer?

Los libros me encantan por su forma, por la consistencia de sus páginas, por cómo huelen: si son nuevos huelen a tinta y a papel y si son viejos, como esos cuentitos que acabo de sacar de la caja, huelen a tiempo y huelen a “libro”.  También me gustan las portadas de los libros, algunas son de verdad maravillosas, otras me intrigan porque hasta que no lees el libro no entiendes la portada y es genial cuando lo descubres. Me gusta también tocar los libros, algunos tienen letras resaltadas y me gusta cómo se siente el papel.

Me gusta el acto de leer, sentarme en un sillón, o leer en la cama, o leer en el metro, o leer caminando, o leer sobre el pasto.

Me gustan las historias que encuentro en los libros. Las descripciones de lugares a los que nunca he ido, de lugares que tal vez ni existen, pero no importa, porque una vez que los descubres, existen no sólo dentro de las páginas del libro sino también en tu cabeza. Me gustan los personajes, sus vidas, cómo son, lo que les gusta, lo que hacen, las aventuras que les suceden.  Me gusta porque me imagino (y vivo) muchas cosas, me imagino sus caras, sus voces, sus casas, me imagino lugares, calles, bosques, ríos, selvas, montañas, ciudades. Y siento también lo que ellos sienten, lo que los alegra, lo que los entristece, lo que les enoja, lo que les preocupa. Me gusta aprender y saber cosas nuevas y descubrir otras culturas, otras formas de ser,  de pensar, de ver, de vivir. 

¿Ves? Hay muchas cosas que me gustan y disfruto cuando leo. Pero si me preguntas ¿qué fue lo que hizo que me gustara? Me viene una escena a la cabeza: una escena que presencié muchas, muchas veces y que creo que contribuyó de forma muy importante para que me gustaran los libros y leer: mi mamá, o mi papá, o mi tía contando algún libro que habían leído. ¡Se emocionaban muchísimo! lo contaban con mucho detalle, la “hacían de emoción”, a veces hasta fingían las voces de los personajes, describían lugares, sensaciones, sentimientos, olores y sabores y todo eso lo sacaban del libro que estaban leyendo en ese momento o que acababan de terminar.

Entonces leer no era una cosa aburrida sino todo lo contrario y no se terminaba cuando cerraban el libro, sino que continuaba cuando lo contaban y ¡cómo lo contaban!  Y cuando los veía leer, estaban contentos, y en ocasiones se reían, otras veces le decían cosas al libro (sí, le hablaban a los personajes, se enojaban con ellos si metían la pata, o les daban ánimos cuando las cosas no iban muy bien), también a veces lloraban por lo que pasaba en la historia y se emocionaban cuando el libro estaba a punto de terminar, porque querían saber cómo acababa pero a la vez no querían que se acabara.

Esa emoción en torno a la lectura es lo que me movió y lo que hoy me sigue moviendo y lo que disfruto enormemente cada vez que abro las páginas de un libro. Y sí: también les hablo a los personajes, y me enojo, y los regaño y los consuelo y los aconsejo y me río y a veces lloro y aprendo de ellos y me muero por llegar al final y saber en qué termina la historia y me frustro cuando acaba. Y también les cuento a mis hijos (o a quien pueda) los libros que estoy leyendo: a veces en episodios y trato de dejarlos en suspenso y a veces les cuento de un tirón todo el libro, porque esas historias merecen ser compartidas y leídas y escuchadas.



* Colaboración para el programa de fomento a la lectura San Miguel de Allende, Gto. 2018




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