miércoles, 2 de enero de 2019

Mudanza




¿Café? ¿Acaso olía a café? Olfateó de nuevo y el inconfundible aroma inundó sus fosas nasales. Permaneció en silencio, atenta, tratando de distinguir el más mínimo indicio que le permitiera desengañarse.

El olor se hizo más intenso. Escuchó entonces el ruido de la cucharilla girando dentro de una taza.
Se levantó del sillón floreado cuidando de que sus manos no rozaran nada. El esmalte de uñas estaba aún fresco.

Se acercó al barandal de la escalera asomándose. Volvió a inspirar. Desde lo alto, llamó:
—¿Hola? ¿eres tú? —preguntó un tanto incrédula.
El tintineo de la cucharilla cesó. Tras un tenso instante de silencio, llegó su respuesta:
—¿Hola? —Su saludo era también una pregunta.
—¿Café a esta hora? ¿Por qué sigues volviendo?

Nada. Silencio. Esa horrible costumbre suya de dejarla hablando sola. 
Lo oyó suspirar hondo antes de reemprender su odiosa costumbre de agitar la cucharilla en un café al que nunca le ponía azúcar.

Entonces también ella suspiró y se quedó mirando al vacío que se abría hacia la planta baja de la casa. Volvió al sillón y se dejó caer. Extendió sus manos y miró sus uñas color violeta para comprobar que no se habían dañado. Sopló para que terminaran de secarse.


No era la primera vez que entraba tan fresco como si nada. Dos días atrás (¿o serían tres?) mientras trataba de resolver un crucigrama sentada en ese mismo sillón, escuchó claramente el agua de la manguera chocar contra las macetas del patio. Aquel día también se asomó, pero esa vez por la ventana. Desde allí pudo ver el chorro de agua sobre la azalea y un pedazo de manguera. Formuló la misma pregunta, pero él no respondió. Quizá el agua amortiguaba el sonido de su voz. O quizá, de nuevo, la castigaba con su silencio. Molesta y frustrada había vuelto a su crucigrama. 5. Vertical: Hija de Urano y Gea, esposa de Cronos y madre de Zeus, de tres letras.



Hacía ocho meses se había ido, así de pronto sin siquiera darle tiempo para despedirse. Fue algo repentino, súbito, inesperado totalmente.

Sin embargo, cada tanto seguía apareciendo así, de improviso y sin avisar. Entraba, acomodaba algo aquí, revolvía en los cajones por allá, regaba las plantas, preparaba café, sacudía el polvo que se acumulaba y un día hasta acomodó en orden alfabético las especias de la alacena. Desde arriba percibía su ir y venir. En ocasiones también lo escuchaba hablar. No distinguía sus palabras: parecía que se trataba de un diálogo, pero casi siempre le daba la impresión de que hablaba solo. Le enfurecía que la ignorara y cada vez que ella se disponía a bajar, él salía a toda prisa de casa, azotando casi siempre la puerta. 


La primera vez que entró sintió miedo. Estaba tumbada en el floreado sillón y no supo en qué momento se había quedado dormida con el libro entre las manos. Al inicio no logró precisar si había escuchado algo o si tan sólo sentía que había alguien en la planta baja de casa. Contuvo la respiración y aguzó el oído. Con la mirada rebuscó entorno tratando de encontrar algo con lo que poder defenderse en caso necesario. En el canasto de tejido, un par de agujas y las tijeras de punta eran las únicas armas de las que podría echar mano. Despacio y tratando de no hacer ruido bajó el brazo y sujetó las tijeras empuñándolas por las orejas, pero siguió tendida atenta a los ruidos que oía intentando descifrarlos. De pronto la voz de Andy Williams y su Moon River comenzaron a sonar en el tocadiscos con el inconfundible chirrido de la aguja sobre el gastado vinil. Sintió un escalofrío. Era el disco que él le había regalado años atrás. ¿Había regresado?  ¿Y si no era él? ¿Y si era un melómano ladrón que pensaba que la casa estaba vacía? El miedo le impedía moverse, pero necesitaba saber.

—¿Hola? ¿Eres tú? —dijo esforzándose por disimular la tensión sin moverse de su sitio.

Casi de inmediato escuchó que levantaba la aguja del tocadiscos como para poder escuchar mejor.
Silencio.
Tras unos segundos respondió con tensa voz:
—¿Sigues aquí? ¿Hola?
¡Qué pregunta estúpida! No imaginó que volvería, y ahora estaba de nuevo allí. Se puso de pie de un salto y justo cuando se disponía a bajar la escalera, oyó que salía casi corriendo. ¡Era un cobarde! ¿Cómo se atrevía a volver sin avisar?  Después de todo, había sido él quien se había ido y seguía sin entender por qué. 



Recordó el día en que sacó todas sus cosas de casa. Con la mirada perdida empacó su vida en una abollada maleta y en dos bolsas de mercado. Luego estuvo largo rato sentado a la orilla de la cama observando el retrato que se habían hecho en la fiesta de Andrea, acariciándolo con el índice y dejando escapar un ahogado sollozo. Mientras ella, de rodillas en el suelo, lo miraba deseando sentir esa caricia sobre su piel. Alzó la vista sin siquiera reparar en ella, ignorándola. Parecía que su mirada traspasaba los muros de la casa y la fijó en un impreciso punto en el horizonte infinito. Sin una explicación y sin dignarse siquiera a dirigirle la palabra, de pronto se puso de pie, con un gesto furioso echó el retrato en una de las bolsas de mandado, y llevándose su historia, se marchó.



Ya habían pasado varios días desde su última visita.

Sentada en su floreado sillón, veía como la luz penetraba a través de las entrecerradas persianas. El polvo se había acumulado en casa y al entrar los rayos del sol lo hacían brillar en el aire como motas de oro flotante. De cuando en cuando, cada vez que pasaba el camión de la basura sonando su campana, escuchaba el ladrido de Juancho, el perro del vecino. Por lo demás, la casa estaba sumida en un ominoso silencio. 
18. Horizontal. Mamífero perisodáctilo équido de África, de pelaje con listas transversales, pardas o negras, de cinco letras. 


Escuchó la llave en la cerradura. Un instante después, también escuchó su voz:
—Como les dije, no hay nada empacado. Pero supongo que les tomará poco tiempo desmontar la casa y cargar todo en el camión. Los nuevos propietarios llegarán en tres días y tan sólo necesito un par de horas para limpiar la casa antes de entregarla.

¿Qué? ¿Mudanza? ¿Nuevos propietarios? ¿Cómo se atrevía?

Se levantó de golpe. El lápiz que sostenía en la mano cayó y rodó por la duela.

¿Qué fue eso? —preguntó desde abajo una voz que no reconocía.

—Puede que haya una ventana mal cerrada y al abrir la puerta se hizo corriente —fue su absurda respuesta.

¿Cómo que una ventana mal cerrada?  ¿Cómo se había atrevido a vender su casa sin siquiera avisarle nada? 

Indignada se puso de pie y se asomó por el hueco de la escalera. Unos hombres, tres o cuatro por cuanto podía distinguir, uniformados de azul, comenzaron a meter algo que seguramente eran cajas de cartón desarmadas.

—Si no les importa, prefiero esperar afuera —dijo él.
¡Qué cobarde! Huía para no enfrentarla. ¡No lo podía creer!

Desde donde estaba no podía verlo, pero escuchó sus característicos pasos alejarse hacia la entrada.
Estaba furiosa. Se disponía a bajar cuando uno de los hombres comenzó a subir la escalera. Casi al llegar arriba se detuvo en seco. Miró hacia el barandal donde ella estaba asomada. Sin apartar la mirada, el hombre retrocedió despacio un par de escalones y luego se precipitó corriendo hasta la planta baja.

—Manuel… oye Manuel —dijo con la respiración entrecortada— En esta casa espantan.  Te juro que aquí vive un fantasma…





No hay comentarios:

Publicar un comentario