sábado, 10 de noviembre de 2018

La sonrisa de Mr. Hyde



Durante meses había pospuesto la limpieza de la biblioteca. El polvo se acumulaba cubriendo los estantes y los libros.

Desde que inició la construcción del edificio contiguo, no había tenido modo de mantener la casa limpia.

La suciedad se adhería neciamente a todas las superficies. Las hojas de las plantas lucían un aspecto opaco y caían lánguidas. La astromelia amarilla no floreaba desde marzo. Las cortinas eran una calamidad y caminar descalzo había dejado de ser un placer: la mugre se obstinaba en pegarse a las plantas de sus pies.

Lo que le daba pena de verdad era el pobre librero. La estantería que solía conservar inmaculada estaba cubierta por una gruesa capa de fino y persistente polvo. Los libros eran un verdadero desastre.

Ahora que la construcción estaba ya en su fase final podía por fin dedicarse a la urgente labor de saneamiento.

Acercó la escalera, apoyándola contra el sólido librero de madera y subió los seis escalones. Ya en la cima, trapo en mano, inclinó levemente la cabeza de lado y comenzó a leer entusiasmado los títulos: eran libros que hacía mucho tiempo no leía. Uno en particular llamó su atención. Una bella y antigua edición de El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde hermosamente ilustrada. Lo leería esa misma tarde. Emocionado, lo sacó y al abrirlo ¡ay! comenzó a deshojarse. Trató de atrapar las hojas que se dispersaban por los aires. Trastabilló, perdió el equilibrio. Sujetó con fuerza el trapo como si éste lo pudiera salvar. Con la mano libre, intentó detenerse de algo y lo único que logró aferrar fue el escalón superior de la frágil escalera que comenzó a caer también, amenazando con aplastarlo. 

Como un bulto cayó al suelo y la escalera sobre él. Podía ver las páginas del libro que volaban lentas, el rostro terrible de Mr. Hyde, oscilando con parsimonia como una hoja de otoño, sonreía con su tétrica mueca.
Un destello cegador y enseguida una espesa oscuridad lo invadió.

Cuando por fin abrió los ojos. Sintió un agudo dolor en la cabeza. Instintivamente se llevó una mano hasta tocar un prominente chichón sobre la frente. Se dio cuenta que aún sostenía el limpio paño de franela. La ligera escalera encima de él, se sentía pesada como una losa.

Sin levantarse, miró en torno y vio las hojas regadas por el suelo. Extendió un brazo, tomó una de las páginas. La acercó a su rostro. Las palabras habían sido sustituidas por extraños símbolos que ahora no le decían nada.

A su lado, Mr. Hyde sonreía burlón.




3 comentarios:

  1. Solo necesitaba de un golpe en la cabeza (y no una bebida) para recordarle al Dr. Jeckyll que no estaba solo 😳.
    Eso es lo que sucede cuando se acumula polvo en el librero: los libros pierden la memoria ☝🏻🙂.

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  2. El reclamo de Mr. Hyde. Felicidades.

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